La
llavandera es un mujer vieja y arrugada que durante la noche lava la ropa
en los ríos y las fuentes. No le gusta nada ser observada por lo que puede
ahogar en el río a os curiosos que se sientan atraídos por el ruído de
sus palas, aunque también tiene un espíritu bueno, que la hace colaborar
en la extinción de incendios en los bosques con el batir de sus palas y ayudar
a personas ancianas en apuros. Por contra no le gustan los jóvenes ya que no
sienten respeto por las tradiciones.
Un mito de gran antigüedad y, como todos los
estudiados, de procedencia indoeuropea, ya que leyendas similares afloran a las
nuestras son guardadas celosamente en el acervo popular en tierras vascas y
catalanas, pero también bretonas o germánicas. A pesar de estos antecedentes,
es un mito que ha generado múltiples controversias, especialmente debido al
"purismo" de Aurelio del Llano, que siempre negó que este mito fuese propio
de Asturias, considerándolo una mixtificación de Gumersindo Laverde y Tomás
Agüero en el siglo pasado.
Las Lavanderas se nos presentan como ancianas
de rostro arrugado, con cara de "mal carís" y desgreñada cabellera
blanca, que emiten altas y desagradables voces allá en las orillas de los ríos,
donde lavan perennemente su raída ropa, golpeándola con palas, que, una vez
concluido el trabajo o cuando oyen ruidos sospechosos, les sirven para surcar
el río rumbo a sus cuevas a velocidad vertiginosa, donde se esconden hasta que
el silencio vuelve a reinar en el valle; o bien, si el peligro es cierto o son
descubiertas cuando lavan, allí es donde mascullan su cruel venganza. En
cambio, conviene precisar que este carácter maligno, que en este mito resulta predominante,
no es exclusivo, ya que en ciertas ocasiones, las lavanderas actúan
bondadosamente. Así, suelen ayudar a los niños o a los viejos cuando están en
peligro por haberse perdido en el bosque; por haber peligro de tormenta, etc.
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